domingo, 12 de octubre de 2008

LOS MALES DEL MUNDO A LA LUZ DEL ENEAGRAMA

La Situación del Mundo video de Claudio Naranjo


Capítulo IV del libro del doctor Claudio Naranjo El Eneagrama de la sociedad. Males del mundo, males del Alma. Temas de Hoy, Madrid, 1995

UN ENEAGRAMA DE LA SOCIEDAD

He puesto en el título «males del mundo» y no «patologías sociales» porque prefiero la expresión popular a la académica. Para mis fines, el lenguaje ordinario tiene en este caso una virtud que no com­parte con el lenguaje técnico: aunque la palabra «mal» tal vez evoque en primer lugar el significado de «enfermedad», no por eso deja de tener un sig­nificado moral.

Llamar a la disfunción social enfermedad es desarrollar la visión de la sociedad como un orga­nismo que caracteriza la moderna formulación de la ciencia de sistemas. Así como, en general, siste­mas de diversos niveles se reflejan en sus elemen­tos constitutivos y funciones, podemos pensar que a las patologías individuales corresponderían cier­tas patologías sociales y, a los «pecados capitales» del individuo, ciertos males básicos del organismo de nuestra especie sobre la tierra. Y si a nivel in­dividual la enfermedad mental puede definirse como una condición de impedimento para reali­zar los valores que están en el potencial de la per­sona, también podemos pensar que los males fundamentales de! mundo son fenómenos sociales que constituyen formas básicas de interferencia con el potencial de la humanidad.

Más de ocho mil problemas humanos han sido inventariados en la Encyclopedia of World Problems and Human Potential ¹. Entre estos diversos proble­mas buscan los futurólogos actuales un núcleo cen­tral, en el intento de discernir un metaproblema -una problemática unitaria tras sus manifestacio­nes múltiples e interrelacionadas-. Entre estos dos niveles -el de los miles de problemas específicos y el de un problema central- se sitúa el nivel de aná­lisis propuesto aquí, que invita a la consideración de nueve aberraciones capitales o básicas de la so­ciedad a través de su vida «civilizada».

Es obvio que se pueden encontrar resonancias entre los procesos e instituciones colectivas y los procesos psicológicos a escala individual; tantas corno para que fuese alguna vez popular la especia­lidad de estudios de «cultura y personalidad». A ella pertenece la formulación que explicaré a conti­nuación acerca de las aberraciones sociales a la luz de los eneatipos. Los sociólogos han protestado por las interpretaciones «psicologistas» que proponen la causación individual de lo social sin prestar sufi­ciente atención a los factores causales sociales sobre la psiquis del individuo, y obviamente existe una re­lación circular entre los niveles de organización, si bien se trata de niveles distintos en una jerarquía que va de lo elemental a lo complejo. También es claro, más allá de todo esto, el isomorfismo o para­lelismo entre los patrones que se pueden reconocer en uno y otro nivel, de modo que comprendemos intuitivamente la relevancia de las diversas expe­riencias del «mal amor» respecto a los metaproble­mas sociales. Con la formulación de estos metaproblemas estaré desarrollando lo que pudiera llamarse un eneagrama de la sociedad.

EL AUTORITARISMO

Comenzaré por el triángulo central del eneagra­ma, que en el plano de la psicología individual co­rresponde a la cobardía. El miedo es una emoción universal, pero cuando domina en el carácter de un individuo se asocia a una visión del mundo excesi­vamente jerárquica. El miedo tiene mucho que ver con la autoridad, ya que originalmente nos atemori­zaron esos gigantes que nos rodeaban cuando éra­mos pequeñitos: nuestros padres. Sobre todo la fi­gura del padre, símbolo -si no ejecutivo- de la autoridad en la mayor parte de los hogares. Por ello contribuye el miedo a que una persona se oriente hacia relaciones de superioridad/inferioridad. Es el miedo, entonces, una pasión que en el mundo so­cial lleva a que existan mandones y mandados.

Así como, dentro de sí, la persona de carácter desconfiado vive en forma especialmente aguda la pugna entre un tirano y un esclavo, un acusador y un acusado, un perseguidor y un perseguido, un culpador y un culpado, también en la sociedad fun­cionamos de esta manera, y es fácil comprender que la prevalencia de un carácter propenso a la intimi­dación sea favorable al establecimiento de una jerarquía autoritaria; de la misma manera que, a la inversa, puede pensarse que una sociedad autoritaria favorezca el desarrollo del carácter temeroso. La jerarquía más autoritaria en nuestra sociedad ac­tual, que apela sobre todo a este tipo de carácter, es naturalmente el ejército; en antiguos tiempos la Iglesia era más autoritaria que hoy. (Hubo épocas, ya casi olvidadas, en que la Iglesia era mucho más poderosa que el imperio, y el hombre más poderoso de Occidente era el Papa.)

Tal visión jerárquica hace que la persona esté demasiado sometida a la autoridad, y cuando hay demasiada tendencia a entregar la propia autoridad (o, dicho de otro modo, demasiada poca capacidad de ser autoridad para con uno mismo), demasiada tendencia a la obediencia, demasiado énfasis en un programa infantil de dependencia con respecto a un padre fuerte, ello hace que pueblos enteros se muestren especialmente deseosos de exaltar y seguir a alguien con la pasión de mandar.

El caso más notable fue, naturalmente, el de la Alemania nazi. En el pueblo alemán predominaba el EVI, y particularmente ese carácter temeroso, orde­nado, con un fuerte sentido del deber, idealista e idealizador de la autoridad, en que el individuo te­me equivocarse y al mismo tiempo anhela certezas; ese carácter que desea que alguien le hable de tal manera que pueda sentir que sabe, que tiene la razón. Sabemos que es así el discurso típico de los fa­náticos. El pueblo nazi fue curiosamente una cari­catura del pueblo judío, en tanto que la noción de pueblo elegido fue tomada por los alemanes de sus enemigos envidiosamente odiados. Se ve tanto cine en el que se refleja el mundo nazi y se escribe tanto de él, que es como si todavía estuviéramos digirién­dolo; como si tuviésemos aún una lección que aprender, una lección que parecía aprendida un par de decenios atrás y que nos permitía dejar a un lado el autoritarismo. Sentíamos que ya estábamos preparados para no caer nuevamente en las aberra­ciones del nacionalismo, pero parece que no. Por el contrario, se está reafirmando el autoritarismo en el mundo y los nacionalismos están en pugna por todas partes.

Aunque medie un abismo entre la fe profética de quienes se sintieron destinados a un rol salvífico -a través del sacrificio- en aras de sus ideales y el na­cionalismo agresivo, para el cual la exaltación de los valores patrióticos o nacionales constituye la premisa de un derecho, pienso que el miedo ha sido a estruc­tura central no sólo del pueblo alemán en la Europa contemporánea sino de la cultura occidental cristiana y de la cultura judía antigua. Nietzsche, ese gran críti­co de la cultura cristiana, decía que nuestra moral es una moral de esclavos -una moral de oprimidos que nos sirve para sobrellevar la opresión. No valoramos el coraje como los griegos antiguos; valoramos la hu­mildad, la obediencia, el «portarse bien», porque eso es lo que las autoridades quieren.

La patología social que estoy tratando es lo que técnicamente se llama «autoritarismo». El autorita­rismo tiene en el individuo una serie de característi­cas como la sumisión a los de arriba y la agresión a los de abajo (la tan citada «ley del gallinero», con su jerarquía del picoteo). En las jerarquías humanas se reciben las agresiones de los de más arriba y se descarga el resentimiento en los de abajo o en los de fuera del propio grupo, en algún «chivo expiato­rio».

Una vez vi una historieta de alguien que está viendo en la televisión un programa en el que Fidel Castro alecciona a las multitudes; cambia de canal y aparece Mao arengando a las multitudes; por fin apaga la televisión y se pone a arengar agresiva­mente a su perro. Lo mismo se repite a través de las generaciones: se abusa de la autoridad con los hijos y así se perpetúa el carácter autoritario.

Este es el aspecto más visible del autoritarismo -el mandar y el ser mandado, la enajenación del poder propio, el dar demasiado poder a otros, la dependencia de las figuras pseudoparentales (como el «patrón» que actúa in loco parentis, amparándo­se en la benevolencia que se le concede y se espera de un padre, y hace el paripé de la benevolencia para poder explotar y controlar mejor). Muchos han pensado que no existiría la institución del Estado si no estuviera apoyada en esa forma microscópica de gobierno que es la organización patriarcal de la fa­milia. El aspecto más interno de la relación de auto­ridad es el uso de la acusación, la culpabilización. Sabemos que a lo largo de la historia se ha mante­nido a la gente en orden amenazándola con el in­fierno. «¿Qué clase de persona eres? ¡A un padre no se le habla así!»; «¡Qué traición a la patria!»... Y toda acusación se apoya en una ideología.

Es aparentemente cierto que las ideologías es­tán muriendo, están agónicas. Muchos lo han de­nunciado. Marx fue tal vez el primero que puso el dedo en la llaga, mostrando cómo las ideologías son un instrumento de manipulación, y desde en­tonces ha habido muchos otros: Manheim, Marcu­se... Pero aunque resulte una aberración el hecho de que hoy cueste encontrar a alguien que crea en algo, existe una ideología que compartimos implíci­tamente: que el sistema funciona y es legítimo. Por ejemplo, a pocos se les ocurriría suponer que los Estados soberanos, que los gobiernos, son cuestio­nables y que cabría encontrar una forma mejor de convivencia. Hace un tiempo estaba prohibido ser marxista justamente porque Marx había cuestiona­do la necesidad y bondad del Estado. Lo mejor de Marx fue precisamente este cuestionamiento; su ver­dadero legado consistió en el comienzo de la bús­queda de alternativas y no en las soluciones que ofreció. En esto se asemeja a Freud, quien, apuntan­do ciertas cosas que funcionaban mal, caló hondo en nuestra historia cultural, aunque su propuesta está ya muy revisada y pocos son los freudianos or­todoxos en nuestro tiempo.

La ideología implícita de que todo está relativa­mente bien y que las cosas se están haciendo lo me­jor posible desconoce que haya una estructura de poder invisible, así como gente bastante interesada en que las cosas no cambien. Nos sentimos parte de un mundo democrático, pero los griegos lo eran mucho más que nosotros. Aunque existía la esclavi­tud, se pagaba a cada ciudadano para que asistiera al ágora, y era un deber participar en las discusio­nes. Las decisiones las tomaba el «gobierno del pueblo por el pueblo», con la fe implícita de que todo se autorregula. Ahora vivimos en la ficción (y es una ideología) de que somos libres porque pode­mos elegir entre un candidato y otro, acto que mu­chas veces resulta irrelevante.

Naturalmente, la situación actual no puede compararse con la de los tiempos de Galileo, cuan­do la Iglesia ordenaba lo que debíamos creer; con ello no quiero sino ilustrar que el mando no es tan­to cosa de fuerza bruta, sino sobre todo de autori­dad propiamente tal. Existe todo un arte en arrogar­se autoridad; un arte en parecer que uno es legítimo y en apelar a los principios que nos permiten parecerlo; un arte, también, en hacer que otros se sien­tan niños y nos tomen como padres sabios y bonda­dosos.

Con todo esto he pretendido explicar la patolo­gía social llamada autoritarismo, cuya institución prototípica es el Estado.

EL MERCANTILISMO

Vamos ahora al punto opuesto en la base del triángulo, el punto III, que en el carácter individual se relaciona con la vanidad, la gloria, el lucimiento y las apariencias, y que lleva a una persona a interesarse vivamente en competir y resultar victorioso. En cuanto al plano social, es obvio que estamos en un mundo de intensa competencia -en una «carre­ra de ratas», como dicen los norteamericanos-, co­rriendo cada vez más apresuradamente en pos de algo. Piénsese en el mundo de las industrias, de las corporaciones, de los negocios. El sistema está construido de tal manera que el que no corre a la misma velocidad que los demás no sobrevive. La competitividad, dada esta forma del sistema, es in­trínseca a su función, y como resultado no tene­mos tiempo para nada: no tenemos tiempo para vivir, sino solamente para correr en pos de algo; no tenemos tiempo para crecer, para respirar, para nutrirnos.

Se afirma que hemos vivido milenios de progre­so. Sin embargo, hace poco estuve leyendo las refle­xiones de un antropólogo bien informado que decía que la mayor parte de los pueblos primitivos dedica unas tres horas diarias a actividades de superviven­cia. Tenemos la idea de que los primitivos llevaban una vida muy dura, porque debían vivir de la caza arriesgándose continuamente, mientras que nuestra vida es privilegiada, con nuestros almacenes y ese gran invento del dinero. Pero con las tres horas al día que dedicaban a la caza estaban bastante mejor que muchas personas de la sociedad actual que du­rante ocho horas realizan actividades sin sentido personal ante un escritorio, o limpiando vidrios, ce­rrando botellas... en un ambiente incomparable­mente menos sano y menos bello.

SEGUNDA PARTE DEL TEXTO






Presentación del Eneagrama de la Personalidad


El Eneagrama y sus Eneatipos

2 comentarios:

Logan y Lory dijo...

Es interesantísimo lo que publicas aqui. Sin duda "Los males del Mundo a la luz del Eneagrama" parece ser un estudio bien complejo de la iteración social en la personalidad del individuo,los males sociales trasladados a la individualidad o viceversa.

No cabe duda que las fobias, determinadas patologias mentales, los transtornos de conducta, la mayoría de las veces vienen provocados por agentes exógenos que condicionan determninadas personalidades ya frágiles de por si.

Enhorabuena por esta publicacion. Sin duda de lo mejor que hemos leído ultimamente.

Un saludo

Javier de la Ribiera dijo...

Los males del mundo, los del individuo, se trata de lo mismo, un sistema macro y uno micro que estan en constante interacción, uno retroalimenta al otro, uno es producto del otro y viceversa.

Desde mi punto de vista la verdadera y única revolución posible es la de las conciencias, desde abajo hacia arriba, desde el individuo y lo colectivo hacia lo institucional, el estado y las corporaciones q nos esclavizan.

Pero la bestia es demasiado poderosa, tanto la de nuestra estructura de carácter como la macroeconómica y habrá que atacarla por todos lados

El artículo de Claudio Naranjo se concentra en los males, el diagnóstico de la sociedad, sigo buscando haber si hay textos que se concentren más en las soluciones, hacia donde debe moverse lo deficitario para sanar y el cómo hacerlo.

un saludo