jueves, 15 de mayo de 2008

Clases de economistas al servicio del poder


ilustración de miguel Brieva














Por David Anisi

1. Empero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?
2. Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto comemos;
3. Mas del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, porque no muráis.
4. Entonces la serpiente dijo á la mujer: No moriréis;
5. Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal.
Génesis 3:1-5 (Reina-Valera Antigua)

El poder existe y se ejerce. Pero los poderosos no sólo gustan de hacer lo que les place; tratan también de ser respetados, y les encanta, además, ser admirados.

En esta nuestra época, una buena parte de los economistas trabajan en mayor o menor grado para los poderosos, y muchos, exclusivamente para ellos. Tal hecho ha desarrollado una fauna que creo que merece la pena ser catalogada.

Pingüinos

Los economistas pingüinos se denominan así porque el pingüino es también conocido como pájaro bobo. Y estos economistas son eso, fundamentalmente bobos.

Los hay bonachones, risueños, tímidos, agresivos, pendencieros, oscuros comentaristas económicos y Premios Nóbel, pero siguen siendo fundamentalmente bobos. Se les localiza enseguida, porque todos ellos piensan y defienden que el mercado es la panacea universal.

El economista pingüino no nace, sino que se hace. Las universidades los producen masivamente. Basta con aprender, y difundir, que el mercado es la solución maravillosa para que un aprendiz de pinguino note que con eso, en los tiempos que corren, puede ganarse la vida.

Algunos pingüinos llegan a esa categoría sin necesidad de ningún tipo de esfuerzo: son los especialistas en sonrisas tontas y en justificaciones de cualquier cosa que ocurra en este planeta. No han pensado en su vida, pero memorizan rápidamente.

Otros proceden de un dilatado estudio y un constante y trabajoso distanciamiento de la vida. Han pensado en todo pero parece que no han visto nada.

Si no fuera porque son abundantes, y a veces peligrosos, serían maravillosos en su estupidez, y los más cándidos entre ellos siempre provocan algo de ternura.

El economista pingüino nunca sabe realmente de qué está hablando pero intenta hacerlo con convicción. Pertenece a una raza fiel que no necesita un excesivo cuidado. Consecuentemente, cumplen con decisión, y con mínimos costes, su función como transmisores de una ideología, bien como comunicadores, profesores de Universidad, periodistas económicos, tertulianos radiofónicos y otros tipos de cantamañanas.

Cabritos

Los economistas cabritos reciben su nombre de la acepción popular de aquel que se dedica a fastidiar.

Sus palabras preferidas suelen ser: productividad, racionalidad y eficiencia. Aman la jerarquía y el orden, y para ellos todo lo bueno se resumiría en un trabajar más y mejor.

Locos por las cifras cronometrarán los tiempos de trabajo y de ocio, y tratarán de optimizar continuamente algo. Carentes de imaginación centrarán en el trabajo y en su entorno toda su vida: allí encontrarán la realización personal, su promoción, sus relaciones, sus afectos, su todo. Cuestionándose sólo en raras veces el sentido de la vida, y más bien abrazándose como locos al trabajo para que de sentido a su vaciedad, utilizarán todo su poder y conocimiento para invitar a los demás a su apasionante aventura.

En consecuencia suelen resultar magníficos como responsables, jefecillos o directores. Tratarán de que la gente trabaje mucho y bien, pero en un ambiente distendido y alegre, siendo eso en el fondo lo que distingue precisamente a un economista cabrito de un simple y rudo capataz.

Ratas

Los economistas ratas son, como su nombre indica, expertos en cloacas. Conocen suficientemente la realidad de las cosas para poderla transformar en el sentido deseado. Pocas cosas del retículo del poder les son ajenas y saben qué botones hay que pulsar y de qué forma para que los asuntos se resuelvan de la manera que más les convenga a ellos o a quienes les compre.

No suelen tener un excesivo poder directo pero localizan con precisión los sitios donde este reside. Escépticos por sus conocimientos, y cínicos por su ejercicio profesional, suelen reírse en la intimidad de sus colegas pingüinos, que teorizan y ensalzan el mercado, la competencia y el mundo "libre y democrático", pero también desprecian a sus compañeros cabritos, viéndoles como unos simples peones del gran juego en el que ellos, las ratas, actúan, al menos, como consejeros de Visir.

Serpientes

El economista serpiente es astuto, más que todos los animales ilustrados que el poder ha producido para su diversión y uso. Ha visto el plumero al Creador y ya no le respeta, aunque siga temiéndole.

Comprende que por mucho que se llamara Huerto del Edén, la gentecilla estaba puesta allí "para que lo labrara y lo guardase (Gen. 2;15) y también es consciente del tinglado de la nueva farsa donde pingüinos, cabritos, ratas y serpientes vuelven a oficiar cotidianamente en la obra.

Cumpliendo su papel susurra en los oídos de quien quiere escucharlo: no moriréis por saber; al menos sabréis por qué morís. Sabréis por qué sufrís. No os dejéis engañar: aceptadlo si no podéis hacer otra cosa, pero nunca os lo creáis.

El poder es el poder, no hay más, sólo poder bruto.

Nada tiene que ver con la racionalidad, la inteligencia, la belleza, o la espiritualidad.

Todas esas cosas hermosas son sólo vuestras. Sólo vuestras.

Que tengáis un buen finde. (fuente Web de Juan Torres López)









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