lunes, 3 de marzo de 2008

El mundo según Desmond Morris





















Oxford.- Desmond Morris es entusiasta del concepto de la naturaleza juguetona, y piensa que nos dice mucho sobre la evolución de la humanidad. Es ésta la que estimuló y alimenta nuestra ingenuidad e inventiva, nos permitió vencer a especies físicamente más poderosas para convertirnos en los más importantes a escala global, y la que explica cómo terminamos usando ropas, jugando en la computadora, lanzando bombas “inteligentes” y viendo ciertos programas de TV. Jugamos, por lo tanto, somos.
No se puede evitar pensar en la teoría de la naturaleza juguetona de Morris cuando se lo conoce: una persona mayor, radiante, a punto de cumplir 80 años, rodeado de libros (muchos de ellos escritos por él) y de pinturas surrealistas (todas ellas pintadas por él) en una cochera remodelada en la parte trasera de su casa de Oxford —la casa, me dice, en la que el lexicógrafo del siglo XIX James Murray trabajó por más de 30 años en el Oxford English Dictionary (murió cuando había llegado a la letra T). Hablamos por tres horas; al final estoy agotado, pero Morris permanece fresco y sólo se detiene porque su esposa está enferma y llama desde la casa para pedir una taza de té. De otra manera, seguro todavía seguiría allí.
Morris acaba de terminar The Naked Man, un libro pareja de The Naked Woman, que se publicó en 2004, y que es el último en una línea evolutiva que se remonta a El mono desnudo, un libro que definió su carrera, cambió su vida y alteró la mentalidad colectiva, un best-seller instantáneo cuando fue publicado en 1967 y que ahora avanza para alcanzar ventas de 20 millones. Ha hecho su carrera de decirnos que 10 mil años de civilización no pueden contrarrestar varios millones de años de caza y recolección, y que ahora vivimos una vida que, de muchas maneras, está en desacuerdo con nuestra herencia genética.
Las teorías de Morris no hacen que las feministas lo quieran. La frase que utiliza más a menudo para describir a los hombres es “corredores de riesgos”. Dice que por un millón de años, o más, los hombres tuvieron que salir y enfrentarse a los lanudos mamuts y tigres dientes de sable, desarrollar estrategias para vencerlos (la cooperación en la pelea contra enemigos comunes, enfatiza, es genéticamente más importante para el hombre que la urgencia competitiva), y literalmente “llevar el pan a casa”, mientras que las mujeres limpiaban la cueva, quitaban la basura que es única de la especie humana, y organizaban todos los demás aspectos de la vida. Su visión, contraria a la de muchos compañeros científicos al igual que a la de las feministas, es que su separación genética no puede ser eliminada por una legislación de igualdad.
“Había una especialización considerable para hombres y mujeres —dice—. Ellos se volvieron más atléticos y salieron a cazar; las mujeres hicieron todo lo demás. Eran multitareas, para utilizar una frase que se ha vuelto muy popular, y estaban en el centro de la sociedad. No es una cuestión de superioridad e inferioridad. Es un problema de diferencias, y éstas son muy reales”. Los hombres eran prescindibles; las mujeres, debido a su función reproductora, no lo eran. “No te podías dar el lujo de perder a una mujer —añade—. Eran demasiado valiosas, así que los hombres se volvieron los especialistas en cacería”.
Durante toda la prehistoria, esta separación de roles funcionó bien, dice Morris —una unión perfecta diseñada para criar a los niños y perpetuar la especie. El problema se presentó cuando comenzamos a expandirnos más allá de nuestros grupos tribales naturales de alrededor de cien miembros y a desarrollar grandes asentamientos. “Por un millón de años, las mujeres estuvieron en el centro de la sociedad y los hombres en la periferia. No veo por qué esto les molesta tanto a las mujeres; ellas dirigían la sociedad, los hombres estaban en el terreno de caza. Lo triste para las mujeres es que, con el correr del tiempo, los cotos de caza se convirtieron en los centros citadinos y, entonces, en lugar de estar en la periferia, los hombres estaban ahora en el centro de la ciudad dirigiendo las cosas. Las urbes eran los cotos de caza, aunque ahora la cacería era metafórica. La urbanización favoreció al hombre”.
Las feministas podían tomar esto de dos maneras. El lado bueno es que Morris piensa que las mujeres deberían dirigir prácticamente todo. “Estaríamos mucho mejor si las mujeres dirigiesen la mayoría de las organizaciones, si manejaran el mundo político en lugar de los hombres, por ejemplo. No pienso que los hombres sean aptos para la política. Las mujeres están mucho más preparadas porque son genéticamente más precavidas y no van a cometer errores tontos”. El lado malo es que Morris piensa que los hombres, debido a su toma natural de riesgos, siempre serán mejores inventores y artistas.
“Por cada gran mujer artista hay cien hombres. Hay más genios hombres que mujeres, y hay más idiotas masculinos que femeninos. Una mujer no se puede dar el lujo de correr riesgos o ser tonta. Hay que estar en medio de ambos extremos”.
El dominio artístico de los hombres, argumenta, no puede explicarse por la oportunidad o el condicionamiento social. Durante todo el curso de la evolución, las mujeres han producido más arte que ellos —en la forma de vasijas decoradas y ropa— pero han tendido a producir arte tradicional. Son los hombres los que han roto el molde y producido el gran arte más allá de la norma.
Morris también tiene una teoría sobre los accidentes automovilísticos. “Las mujeres tienen más accidentes, pero los de los hombres son más serios. Si hay un gran accidente, siempre lo causa un hombre; si se trata de una abolladura en la defensa, la responsable es una mujer. Rara vez nos enteramos de un choque a alta velocidad que involucre a una mujer; siempre es un hombre”.
Otra área en la que el libro nuevo de Morris ya ha probado ser controversial es su enfoque de la homosexualidad. Trata el tema en el capítulo final del libro y se siente como un agregado, como si el editor hubiese insistido en que se cubriera el tema. Morris toma prestada una teoría de su amigo y colega zoólogo Clive Bromhall, quien en su libro The Eternal Child, argumenta que una de las características claves de nuestra historia evolutiva ha sido la extensión de la niñez y el aplazamiento de la reproducción. El efecto social de ese proceso ha sido que entre los cuatro y los 14 años, los niños y las niñas han tendido a jugar separados. En la pubertad, los sexos —impulsados por la necesidad de reproducirse— se juntan. No obstante, y debido principalmente a razones sociales (que quedan irritantemente vagas), una pequeña proporción de hombres y mujeres continúan prefiriendo a su propio sexo.
La homosexualidad es “instigada genéticamente, pero luego es influida por el entorno”, añade. Los hombres gay, argumenta, se encuentran en el extremo del espectro de la “naturaleza juguetona”, y es probable que sean más creativos que el promedio. Una de las características claves de los humanos, de acuerdo con esta teoría general, es que a diferencia de otras especies, nosotros nunca perdemos la curiosidad y la inventiva de la juventud. Las personas homosexuales, dice, exhiben el “síndrome de Peter Pan” a un grado extremo, lo que les da una inteligencia, inventiva y creatividad por encima del promedio. La teoría suena poco convincente a oídos no educados como los míos —y él se ve avergonzado por apoyarse en el pensamiento de otra persona.
The Naked Man ejemplifica las tensiones —y los placeres— de la carrera ricamente variada de Morris. El libro está a una gran distancia de The Reproductive Behaviour y de Ten-Spined Stickleback, por el que recibió el doctorado en Oxford, en 1954. Podría haber tenido una carrera distinguida como lo que podría ser llamado un “zoólogo institucionalizado”, pero a fines de los años cincuenta cayó en esa peligrosa tribu de gente de la televisión para hacer el programa Zoo Time, que le dio un nombre y lo llevó a escribir El mono desnudo, donde el hombre no era un ser moral o espiritual, era un animal, un simio con pretensiones de ser algo más grande.
“Pasé la primera mitad de mi vida estudiando la conducta animal, y cuando escribí un libro sobre seres humanos, lo hice como si escribiese sobre otra especie animal. Conocí a Tom Maschler, entonces un editor joven de Cape, y le dije que algún día iba a escribir una zoología de seres humanos, y que ni siquiera utilizaría el término “seres humanos”. En su lugar escribiría como si fuese un alienígena que hubiera llegado a este planeta y visto a este simio extraordinario que no tiene pelo en el cuerpo. Cuando eventualmente me puse a trabajar tuve que terminarlo en cuatro semanas porque estaba muy ocupado”.
Su publicación fue una sensación que llegó en un momento en el que todo se estaba repensando; mientras que por un lado fue atractivo para los radicales, que buscaban quitar las capas de la autoridad política y religiosa, y a quienes agradaba el concepto del hombre desinhibido; por otro lado, enfureció a las feministas, que lo acusaron de promover una visión de la evolución humana centrada en el hombre. Se volvió una causa célebre y convirtió a la zoología en parte del espíritu de los años sesenta.
La ironía es que Morris era un zoólogo accidental. Su primer amor era el arte —quería ser pintor surrealista— y sólo se inscribió para estudiar zoología en la Universidad de Birmingham porque tenía una mala opinión de las escuelas de arte y pensó que el estudio de las formas biomórficas le sería útil a su pintura. Expuso en Londres con Joan Miró en 1950, pero fue su último intento con el surrealismo en el Reino Unido al darse cuenta que así no se ganaría la vida. En todo caso, había sido picado por la curiosidad zoológica en Birmingham.
Morris nunca dejó de pintar, y su casa está cuidadosamente dividida en dos mitades que forman dos compartimientos de su vida. “Tengo una biblioteca con todos mis libros de ciencias y un cuarto con todos mis libros de arte y mis pinturas. Son como dos hemisferios de mi cerebro”. Uno se pregunta quién más podría haber pasado de ser el director de mamíferos del Zoológico de Londres —el empleo que se le dio después del éxito del programa Zoo Time— a ser el director del Instituto de Arte Contemporáneo en la década de los sesenta. “De los rinocerontes a Picasso”, como resume él su cambio sorprendentemente extraño.
No permaneció mucho tiempo en el Instituto. El gran éxito de El mono desnudo le permitió escapar. Renunció a su trabajo y, con su esposa Ramona, se mudó a vivir a Malta, donde comenzó a pintar de nuevo, vivió una vida de hedonismo soleado y egoísta y engendró un hijo, Jason.
“No pretendía permanecer en Malta por mucho tiempo, pero se prolongó por cinco o seis años. Tenía un estudio y pintaba. Escribía en el invierno, pintaba en el verano. Mi curiosidad infantil, que he mantenido toda mi vida, exige experiencias nuevas y esto era algo que nunca antes había experimentado. Mi madre estaba horrorizada. Me dijo: ’Pon el dinero en el banco’. Yo dije: ’No, lo voy a gastar todo, y cuando no me quede nada volveré a trabajar, porque me gusta trabajar’. Y eso fue lo que hice, luego regresé e inicié de nuevo investigaciones en Oxford”.
En 1973 regresó al Reino Unido con su familia para hacerse cargo de una beca de investigación, buscando combinar la ciencia con los libros populares. The Human Zoo e Intimate Behaviour, ambos escritos en Malta, fueron seguidos de Manwatching (que desarrolló el concepto del “lenguaje corporal”). Retomó su carrera en la TV y viajó mucho. Obviamente se ha divertido, adora a su esposa de 55 años, sigue fascinado por el arte y el cine, y hasta le agradan sus compañeros humanos después de sus dudas anteriores. Hijo único e intenso, pasó una gran parte de su adolescencia viendo morir a su padre a causa de las heridas que recibió en la Primera Guerra Mundial, en ese periodo de su vida se enfrentó a la pérdida de su padre y al inicio del segundo conflicto global dio un vistazo a su compañeros simios desnudos, encontrando solaz en el arte y el mundo natural.
¿Arrepentimientos? “Debería haberme dedicado al arte. Pienso que tenía el potencial para ser un buen artista. Todavía me considero un artista serio, pero uno menor, y lo soy porque me dediqué a hacer demasiadas otras cosas. Mi fortaleza es que hago muchas cosas diferentes, mi debilidad es que no me apego a ninguna de ellas por el tiempo suficiente”.
La imagen perfecta del hombre juguetón y corredor de riesgos. La felicidad reside en tener teorías que se ajusten a nuestra personalidad.
© The Guardian
Traducción: Franco Cubello





Videos siguientes de la serie (en inglés)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

He leído su obra The Human Zoo y me ha dejado una visión distinta sobre la sociedad.
Ahora sé más sobre este enigmático humano.

Art dijo...

Excelente.